2.11 Cuando la familia roza y duele: El perdón y la gratitud

2.11 Cuando la familia roza y duele: El perdón y la gratitud

La familia como primer campo de práctica

La familia es el lugar donde más se aprende y también donde más cuesta. Con ellos compartimos techo, historia, rutina. Y precisamente por eso, los roces son inevitables. No hay familia sin conflictos, como no hay río sin piedras.

Pero la familia es también el primer campo donde practicar la santidad. Si puedes aprender a amar, perdonar y respetar en casa, podrás hacerlo en cualquier parte. La familia es como un pequeño tejido donde se ensaya lo que luego vivirás en la comunidad más amplia.

Cuando alguien te roza, cuando una palabra duele, cuando sientes que no te entienden, tienes una oportunidad. No de ganar una discusión, sino de crecer. De practicar la paciencia, la escucha, el silencio a tiempo, la palabra justa. De aprender que el otro —aunque sea tu hermano, tu padre, tu madre— también está en camino, también tiene sus propias luchas.

La Santa Divinidad ha puesto a estas personas en tu vida. No por casualidad. Son tus primeros maestros en el arte de la relación.

El hermano como primer prójimo

Si tienes hermanos, sabes que la convivencia puede ser difícil. Peleas por cosas pequeñas, comparaciones, celos, la sensación de que reciben más atención. Pero también sabes que ellos son los que estarán cuando pase el tiempo. Conocen tu historia, tus manías, tus momentos más ridículos. Son testigos de tu vida.

El hermano es tu primer prójimo. El que está ahí sin que lo hayas elegido, pero con quien compartes raíces. Aprender a quererlo es un entrenamiento para querer a cualquier persona. Aprender a alegrarte por él, aunque a veces cueste, es practicar la mudita en el lugar más cercano.

Cuando la comparación aparezca —“mira a tu hermano, él sí…"— recuerda que su luz no resta la tuya. Su camino es suyo, el tuyo es tuyo. Puedes alegrarte por él sin perder tu valor. Puedes aprender de él sin sentirte menos. Puedes acompañarlo sin competir.

Habla con tus padres si la comparación te duele. Diles cómo te sientes. Ellos quizás no se dan cuenta del daño que causan. Tu palabra honesta, dicha con respeto, puede ayudar a cambiar la dinámica.

Los padres como personas en camino

A veces los padres parecen figuras lejanas, con todo el poder, con todas las respuestas. Pero la verdad es que también están aprendiendo. Es su primera vez siendo padres de un adolescente. También tienen miedos, dudas, cansancio. También se equivocan.

Ver a tus padres como personas en camino, no como enemigos ni como seres perfectos, cambia la relación. Puedes enfadarte con ellos, pero también puedes comprenderlos. Puedes disentir, pero también puedes agradecer. Puedes pedirles perdón cuando hieres, y también ofrecerles perdón cuando te hieren.

Ellos tienen la responsabilidad de orientarte. La Santa Divinidad los ha puesto ahí para eso. Pero eso no significa que siempre acierten. Como tú, están en proceso. Reconocer esa humanidad compartida es el primer paso para una relación más adulta, más verdadera.

Habla con ellos. Pregúntales cómo fueron sus vidas a tu edad. Qué soñaban, qué temían, qué errores cometieron. Escuchar sus historias te ayudará a verlos con otros ojos. No como figuras de autoridad lejana, sino como personas que también han caminado por donde tú caminas.

El perdón como práctica liberadora

En la familia, las heridas son inevitables. Palabras dichas sin pensar, gestos malinterpretados, silencios que duelen. El rencor se acumula como polvo, y con el tiempo pesa.

El perdón no es olvidar lo que pasó. No es fingir que no dolió. Es soltar el peso para que no te siga cargando. Es decir: “Esto dolió, pero no voy a dejar que defina nuestra relación ni mi vida”.

Perdonar no significa que la relación vuelva a ser como antes. A veces hay heridas que dejan marcas, y la confianza tarda en reconstruirse. Pero el perdón te libera a ti. Te saca de la prisión del resentimiento.

Puedes pedir a la Santa Divinidad fuerza para perdonar. Puedes hablar con tus padres, con tus hermanos, con sinceridad. No para ganar, sino para sanar. El perdón es un camino, no un momento. Se camina paso a paso.

La gratitud como mirada

Cuando el roce duele, la gratitud puede parecer imposible. Pero si aprendes a mirar con otros ojos, descubres que también hay mucho que agradecer. Ellos te han dado la vida. Te han cuidado cuando no podías hacerlo solo. Te han enseñado lo que saben. Han estado ahí, aunque a veces no supieran cómo.

La gratitud no niega el dolor. Lo acompaña. Puedes agradecer y al mismo tiempo sentir que algo necesita cambiar. Puedes querer y al mismo tiempo tener límites. No es excluyente.

Prueba esto: cada día, identifica algo pequeño por lo que agradecer a tu familia. Una comida, una conversación, un gesto, un techo. Poco a poco, esa mirada va transformando la relación.

Ejemplo cotidiano

Tu hermano mayor usa tu ordenador sin pedir permiso y borra un trabajo importante. Cuando lo descubres, la rabia te desborda. Le gritas. Él responde que fue sin querer, que no es para tanto. La discusión escala. Terminas dando un portazo.

Te sientas en tu habitación, respirando agitado. Pasa un rato. Poco a poco, el corazón se aquieta. Recuerdas lo que has leído. Piensas: “Mi hermano también se equivoca. Yo también. Esto duele, pero no es el fin del mundo”.

Sales y buscas a tu hermano. Lo encuentras en su cuarto, con cara de culpa. Respirás hondo y dices: “Estoy enojado, pero también sé que no lo hiciste a propósito. ¿Podemos arreglar esto juntos?”. Él asiente, aliviado. Pasan la tarde rehaciendo el trabajo. No es lo mismo, pero algo se restauró.

Días después, tu padre llega cansado del trabajo y responde con mal genio a una pregunta tuya. Tu primera reacción es enojarte. Pero respiras y piensas: “Hoy tuvo un día difícil. No es conmigo”. Dejas pasar, y más tarde él se acerca y se disculpa. Aceptas sus disculpas con un gesto sencillo.

No ha sido una semana perfecta. Pero has practicado el perdón, la comprensión, la gratitud por los pequeños gestos. Has crecido un poco.

Ejercicio práctico: Tejer lazos en familia

Días 1-2: Observa las dinámicas en tu casa. ¿En qué momentos surgen las tensiones? ¿Cómo respondes tú? Anótalo sin juzgar.

Días 3-4: Elige a un familiar y realiza un gesto pequeño de cuidado: ayudar sin que lo pidan, dar un cumplido sincero, preguntar cómo estuvo su día.

Días 5-6: Si hay una conversación pendiente, busca el momento adecuado (todos calmados) y propón hablar. Usa frases como “Yo sentí…” en lugar de “Tú siempre…”. Escucha sin defenderte.

Día 7: Escribe una carta a la Santa Divinidad sobre tu familia. Agradece lo bueno, nombra lo difícil, pide ayuda para seguir tejiendo lazos. Luego escribe una respuesta como si Ella te hablara con ternura.

Durante toda la semana, practica la gratitud: cada noche, nombra algo por lo que agradeces a tu familia.

Afirmación santa

“Hoy elijo ver a mi familia con otros ojos.
No son perfectos, yo tampoco.
Pero son los míos, los que la Santa Divinidad me dio.

Cuando el roce duela, respiraré hondo.
Cuando la comparación apriete, recordaré mi valor.
Cuando el rencor quiera quedarse, elegiré soltar.

En esta pequeña red llamada familia,
aprendo a amar, a perdonar, a agradecer.
Así sea.”

2.12 Cuando el amor y el deseo confunden: El respeto como brújula

La brújula del respeto

El amor y el deseo llegan sin avisar. A veces como un fuego suave, otras como una corriente que desborda. Traen preguntas nuevas, emociones intensas, confusión. No siempre sabes qué hacer con lo que sientes, ni si lo que sientes está bien.

En medio de esa confusión, hay una brújula que nunca falla: el respeto. Respeto por ti mismo y respeto por el otro. Cuando no sabes qué camino tomar, pregúntate: “¿Esto que voy a hacer honra mi dignidad y la de la otra persona? ¿Está basado en el cuidado mutuo?”.

El respeto no es una lista de reglas externas. Es una orientación del corazón. Te ayuda a distinguir entre lo que te acerca a la luz y lo que te aleja de ella. Te recuerda que el otro no es un objeto para tu satisfacción, sino un ser sagrado, con la misma chispa divina que tú.

La Santa Divinidad te ha dado la capacidad de sentir, de desear, de amar. No hay nada malo en esas energías. Lo importante es cómo las habitas: con conciencia, con cuidado, con verdad.

El cuerpo como templo

Tu cuerpo no es un objeto. Es un vaso sagrado donde habita la vida que la Santa Divinidad te ha dado. Merece respeto, no cosificación. Merece cuidado, no uso indiscriminado.

Cuando se trata de relaciones afectivas o sexuales, esta imagen del cuerpo como templo es muy importante. No significa que el cuerpo sea algo malo o que debas reprimirte. Significa que lo que hagas con él —y lo que permitas que otros hagan— debe estar en sintonía con tu dignidad.

Entregar tu cuerpo a alguien no es un acto menor. Es compartir un espacio sagrado. Por eso es importante que sea una decisión consciente, no una presión, no un impulso, no un “porque todos lo hacen”. Que sea cuando tú realmente quieras, con alguien que realmente respetes y que realmente te respete.

Habla con tus padres, con tus guías, sobre estas cuestiones. Ellos pueden ofrecerte perspectivas que te ayuden a ver más claro. No tienes que decidir solo.

El amor se expresa de muchas maneras

El amor no tiene una sola forma. Hay amores que duran toda la vida y amores que duran una estación. Hay amores que se expresan con caricias y amores que se expresan con palabras. Hay amores que incluyen el deseo sexual y amores que no. Todos son válidos cuando hay verdad y respeto.

Lo importante no es cumplir con un molde, sino ser honesto contigo mismo y con el otro. Preguntarte: “¿Esto que siento es real? ¿Lo que estoy viviendo me hace bien? ¿Estamos ambos en la misma sintonía?”.

La comunicación honesta es esencial. Decir lo que sientes, preguntar lo que el otro siente, asegurarte de que ambos están de acuerdo. Sin presuponer, sin adivinar, sin dar por sentado.

En muchas culturas, los jóvenes aprenden que el amor y el deseo no son asuntos privados que se resuelven solos. Se consulta con los mayores, con la familia, con la comunidad. No para que decidan por ti, sino para que te ayuden a ver lo que tú solo quizás no ves.

El consentimiento como forma de ahimsa

El principio de no dañar se aplica también al amor y al deseo. No dañar significa no presionar, no manipular, no usar. Significa asegurarte de que el otro realmente quiere lo que está pasando, y de que tú también quieres.

El consentimiento no es un “sí” una vez al principio. Es un “sí” continuo, que puede retirarse en cualquier momento. Es atención a las señales del otro, a sus palabras, a sus silencios, a su cuerpo. Es preguntar, escuchar, respetar.

Y el consentimiento también es contigo mismo. Preguntarte: “¿Realmente quiero esto? ¿O lo estoy haciendo por presión, por miedo, por quedar bien?”. Tu propio consentimiento es tan importante como el del otro.

La Santa Divinidad te ha dado libertad. Usarla con conciencia es honrar ese don.

Ejemplo cotidiano

Estás saliendo con alguien que te gusta mucho. La relación avanza y llega el momento de decidir si tener una experiencia sexual. Sientes presión: por un lado, tus ganas; por otro, lo que crees que se espera de ti; por otro, tus dudas.

En lugar de dejarte llevar, decides hacer una pausa. Hablas con la persona y le dices con honestidad: “Me gustas mucho, pero necesito tiempo para pensar. No quiero hacer algo que después no sepa cómo sentir”. La persona lo entiende. No hay presión.

Esa noche, hablas con tu madre. Le cuentas tu situación, tus dudas. Ella te escucha, comparte su propia experiencia, te ofrece su mirada. No te dice lo que tienes que hacer, pero te ayuda a ver aspectos que no habías considerado.

Unos días después, vuelves a hablar con tu pareja. Juntos deciden esperar, seguir conociéndose, no apresurarse. No es una decisión basada en el miedo, sino en el respeto mutuo.

No ha sido fácil, pero has elegido con conciencia. Has honrado tu cuerpo y el del otro.

Ejercicio práctico: Clarificar desde el respeto

Días 1-2: Escribe en un cuaderno lo que el amor y el deseo significan para ti. Sin censura, sin buscar respuestas correctas. Solo lo que sientes, lo que deseas, lo que temes.

Días 3-4: Reflexiona: ¿De dónde vienen tus ideas sobre el amor y el sexo? ¿Amigos? ¿Porno? ¿Familia? ¿Conversaciones serias? ¿Cuáles de esas fuentes son confiables? Anota tus conclusiones.

Días 5-6: Habla con tus padres o con un adulto de confianza sobre estos temas. Puedes empezar con preguntas generales: “¿Cómo fue para ti el primer amor?” o “¿Cómo aprendiste sobre el sexo?”. Escucha sin juzgar. Sus experiencias pueden darte perspectiva.

Día 7: Escribe una carta a la Santa Divinidad sobre tus preguntas sobre el amor y el deseo. Pide claridad, respeto, capacidad de amar bien. Luego escribe una respuesta como si Ella te hablara con ternura.

Durante toda la semana, cuando sientas presión externa sobre lo que “deberías” hacer en el amor, pregúntate: “¿Esto que me piden respeta lo que yo siento? ¿Me haría bien a mí y al otro?”.

Afirmación santa

“El amor que siento es parte de la vida que la Santa Divinidad me da.
No hay nada malo en desear, en sentir, en querer.

Pero no tengo prisa.
Puedo aprender a amar a mi ritmo, con respeto, con cuidado.

Mi cuerpo es templo. El cuerpo del otro también.
Solo desde el respeto mutuo puedo encontrar el camino.

Hoy elijo la conciencia sobre el impulso,
la comunicación sobre la presión,
el amor verdadero sobre cualquier imitación.
Así sea.”

SECCIÓN 3: Prácticas cotidianas que ayudan en tu edad

(Adaptaciones breves y concretas de lo que ya existe en la Comunidad, pensadas para la vida adolescente)

3.1 El círculo de gratitud adaptado

Un espacio para mirar el día con otros ojos

Al final de cada día, las cosas suelen mezclarse. Lo que salió bien, lo que salió mal, lo que hiciste, lo que dejaste de hacer, lo que otros te dijeron, lo que sentiste. Todo junto, sin orden, puede pesar.

El círculo de gratitud es una práctica sencilla que muchas culturas han utilizado de diversas formas: un momento para detenerse, mirar el día con otros ojos, y compartir lo que se encuentra. No es un ritual complicado, sino un espacio de verdad.

En tu célula, con tu familia, o incluso a solas con tu cuaderno, puedes hacerlo. La idea es nombrar dos cosas cada día: una lucha que pesó y una pequeña victoria. No se trata de grandezas. La lucha puede ser algo que te costó, que te dolió, que te frustró. La victoria puede ser algo mínimo: una sonrisa que recibiste, una tarea que terminaste, un momento de paz, un gesto de amabilidad.

Nombrar la lucha le quita poder. Lo que se nombra, se puede sostener. Lo que se calla, pesa más. Nombrar la victoria, por pequeña que sea, entrena el corazón a ver la luz incluso en los días grises.

Sin competencia, solo escucha

Si lo haces en grupo —con tu célula, con tu familia— hay una regla importante: no hay competencia, solo escucha. No se trata de ver quién tuvo el peor día ni quién logró más. Se trata de compartir, de sentirse acompañado, de darse cuenta de que no estás solo en lo que sientes.

Cuando alguien comparte su lucha, no se juzga. No se dice “eso no es nada” ni “deberías hacer tal cosa”. Solo se escucha. A veces un gesto, una mirada, un silencio acompañan más que cualquier palabra.

Cuando alguien comparte su victoria, se celebra con sencillez. No se compara con la propia. Se alegra uno con el otro, como si fuera propia. Eso es mudita en acción.

Este espacio crea confianza. Con el tiempo, te permite mostrarte sin máscaras, sin miedo a ser juzgado. Y al escuchar a otros, descubres que lo que sientes es más común de lo que creías. La soledad se alivia.

Cómo empezar

Puedes proponerlo en tu célula, o con tu familia en la cena, o simplemente hacerlo a solas escribiendo en un cuaderno. No necesita mucho tiempo: cinco o diez minutos al final del día bastan.

Para empezar, cada persona puede decir:

“Hoy una lucha que tuve fue…”

“Hoy una pequeña victoria fue…”

Si al principio no sabes qué decir, está bien. Con la práctica, irás notando más. El solo hecho de prestar atención durante el día a lo que podrías compartir ya cambia la forma de mirar.

Puedes también incluir un momento de silencio o una breve oración a la Santa Divinidad, agradeciendo por lo recibido y pidiendo luz para lo que viene.

Ejemplo cotidiano

En tu célula, se reúnen una vez por semana. Al empezar, cada uno comparte su lucha y su victoria de los últimos días.

Luchas: “Me peleé con mi hermano y no supe cómo pedir perdón”. “Me sentí muy solo en el recreo”. “No pude con la ansiedad antes del examen”. “Mi papá dijo algo que me dolió y no contesté”.

Victorias: “Hoy pude ayudar a un compañero con una tarea”. “Ayer, después de la pelea, hablé con mi hermano y nos reconciliamos”. “Por primera vez en semanas dormí bien”. “Me animé a decir lo que sentía en casa”.

Mientras escuchas, algo en ti se afloja. Lo que creías solo, resulta que otros también lo viven. Lo que parecía pequeño, al nombrarlo cobra valor. Sales de ahí con el corazón más liviano.

Ejercicio práctico: El círculo de gratitud

Días 1-7: Cada noche, antes de dormir, escribe en un cuaderno:

Una lucha de hoy: algo que te costó, que te dolió, que te frustró.

Una pequeña victoria de hoy: algo bueno, por mínimo que sea.

No lo pienses demasiado. Solo escribe lo que venga.

Si lo haces en grupo: Propón a tu célula o a tu familia hacerlo juntos una vez a la semana. Empiecen con un momento de silencio, luego cada uno comparte. Escuchen sin juzgar, sin aconsejar a menos que lo pidan. Terminen con una palabra de agradecimiento o una breve oración.

Durante la semana: Observa si esta práctica cambia algo en tu forma de mirar el día. ¿Prestas más atención a las pequeñas victorias? ¿Identificas mejor las luchas?

Afirmación santa

“Hoy miro mi día con otros ojos.
Nombro lo que duele, para que pese menos.
Nombro lo que brilla, para que crezca.

No estoy solo en mis luchas.
Otros también caminan.
Juntos, en este círculo, nos sostenemos.

Gracias, Santa Divinidad, por cada pequeño don.
Gracias por la red que me acompaña.
Así sea.”

3.2 El domingo como espacio sagrado familiar

El ritmo de la semana y el día de la Santa Divinidad

Los días pasan rápido. Estudios, tareas, actividades. La semana tiene su propio ritmo, y en muchas tradiciones alrededor del mundo existe la sabiduría de apartar un tiempo sagrado. Un día en que el ritmo cambia, en que las obligaciones habituales se aquietan, y la familia y la comunidad se reúnen para recordar lo esencial.

Ese día, en nuestra Comunidad, es el domingo. No es un día como los demás. Es un día dedicado a la Santa Divinidad, a la familia, al descanso profundo, a la conexión con la creación. No se trata de llenarlo de reglas rígidas, sino de vivirlo con una actitud diferente: más pausada, más agradecida, más atenta a lo que realmente importa.

La familia, como primer lugar sagrado, tiene la responsabilidad de cuidar este día. Los padres, junto con la orientación de la Comunidad, organizan las actividades, los momentos de oración, el compartir, el servicio. No es un día para que cada miembro haga lo que quiere por su cuenta, sino para estar juntos, para recordar que pertenecemos a algo más grande que nosotros mismos.

El lugar del adolescente en el domingo familiar

Como adolescente, tú tienes un lugar importante en este día. No eres un invitado pasivo, pero tampoco eres quien decide la dirección. Tu lugar es el de un miembro de la familia que participa, que colabora, que aporta desde su edad y sus dones, siempre en armonía con lo que los padres y la comunidad proponen.

Puedes opinar, puedes sugerir, puedes ofrecer ideas. Tus padres te escucharán con respeto. Pero también aprenderás que no todo puede girar en torno a lo que tú quieres. El domingo es familiar y santo, no está diseñado para satisfacer los gustos de un solo miembro. Es un espacio donde todos ceden un poco, donde todos aprenden a estar juntos más allá de las preferencias personales.

Esta es una enseñanza profunda: la libertad no es hacer lo que uno quiere, sino aprender a querer lo que es bueno para todos. En el domingo, practicas esa libertad. Participas con alegría en lo que se ha organizado, aunque no sea exactamente lo que tú habrías elegido. Y al hacerlo, creces en generosidad, en paciencia, en capacidad de estar con otros.

Momentos de verdad en familia

Dentro de este día sagrado, puede haber espacios para la conversación profunda. No como algo obligatorio, sino como una posibilidad que la familia abre. Un rato para compartir no solo lo que se hizo, sino cómo se está. Para decir lo que pesa, lo que alegra, lo que confunde.

Estos momentos los guían los padres. Ellos eligen el momento, la forma, la duración. Tú participas con respeto, escuchando y compartiendo cuando es oportuno. No se trata de que todos hablen, sino de que haya un espacio donde, quien lo necesite, pueda ser escuchado.

En muchas culturas, los mayores enseñan que las palabras verdaderas se dicen en el momento adecuado, con las personas adecuadas. El domingo puede ser ese momento. Pero siempre en el marco que la familia ha establecido, no como una exigencia del adolescente.

Compartir para acompañar

Cuando alguien comparte algo difícil, la tentación es querer solucionarlo. Dar consejos, ofrecer respuestas. Pero a veces lo que más necesita la persona no es una solución, sino compañía. Saber que no está sola en lo que siente.

En estos momentos, aprendes a escuchar. A acoger lo que el otro dice sin apresurarte a arreglarlo. A veces un silencio, un gesto, una mirada, son más poderosos que cualquier palabra. Y si no sabes qué decir, puedes preguntar: “¿Cómo te sientes con eso?” o simplemente “Gracias por compartirlo”.

Cuando tú compartes, también experimentas el alivio de nombrar. Lo que se nombra, se puede sostener. Lo que se calla, pesa más. Pero siempre desde el respeto al espacio y al tiempo que la familia ha dispuesto.

Ejemplo cotidiano

Es domingo por la mañana. Tu familia tiene la costumbre de despertar sin prisas, desayunar juntos y luego dedicar un rato a la lectura compartida. Hoy, tu padre saca el texto de la Comunidad que están estudiando estas semanas: un pasaje sobre el cuidado de la creación y el respeto por todos los seres.

“Vamos a leerlo juntos y después podemos comentar lo que nos hace pensar”, propone. Tu madre asiente. Tu hermano pequeño se queja un poco, pero tu madre le dice con ternura: “Después tendremos tiempo para jugar, ahora es momento de estar juntos de otra manera”.

Leen en voz alta, turnándose. Luego, cada uno comparte algo breve: tu padre habla de cómo aplicarlo en su trabajo, tu madre recuerda una enseñanza de su abuela sobre no desperdiciar, tu hermano dice que le gustan los animales y que quiere cuidarlos mejor. Tú, aunque al principio no sabías qué decir, terminas compartiendo una idea sobre cómo tratar con más respeto a un compañero que te cae mal.

No hay prisa. No hay juicio. Solo un rato para aprender juntos, para escucharse, para recordar que la familia también es escuela de santidad.

Ejercicio práctico: Vivir el domingo con el corazón abierto

Esta semana: Observa cómo vive tu familia el domingo. ¿Hay momentos de tranquilidad? ¿De compartir? ¿De oración o conexión con la naturaleza? ¿De servicio?

Participa: Entra en las actividades que tus padres proponen con actitud abierta, aunque no sean lo que tú habrías elegido. Ofrece tu ayuda si ves que hace falta. Pregunta si puedes invitar a algún amigo de la célula, siempre consultando antes.

Comparte si es oportuno: Si en tu familia hay un espacio para hablar, y te sientes con confianza, comparte algo de lo que llevas dentro. No tiene que ser lo más profundo; puede ser una pequeña inquietud. La práctica de nombrar se entrena.

Agradece: Al final del día, da las gracias a tus padres por el tiempo compartido. Reconoce el esfuerzo que hacen por mantener este espacio sagrado.

Escribe: En tu cuaderno, anota cómo te sentiste. ¿Fue difícil estar sin pantallas? ¿Descubriste algo nuevo de tu familia? ¿Aprendiste algo sobre ti mismo?

Afirmación santa

“Hoy es el día de la Santa Divinidad.
Un día para estar, no para hacer.
Un día para la familia, no para mí solo.

Acepto con gratitud lo que se me ofrece.
Participo con alegría en lo que se me invita.
Comparto con verdad cuando es el momento.

En esta red familiar aprendo a ceder,
a esperar, a escuchar, a querer.

Gracias, Santa Divinidad, por este día sagrado.
Gracias por los míos, que me sostienen.
Así sea.”

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