La falsa santidad y el perfeccionismo
Creencias sobre la falsa santidad y el perfeccionismo
La creencia de la santidad severa: la trampa de la solemnidad obligada
“La santidad es incompatible con la alegría”: Creer que para ser santo hay que ser solemne, triste o severo. Esto apaga la gratitud.
Explicación: la alegría como expresión de la gracia
La creencia de que la santidad y la alegría son incompatibles surge de un marco mental que confunde la seriedad con la profundidad, y la solemnidad con la devoción. Esta idea puede originarse en experiencias previas o mensajes culturales que asocian la espiritualidad con el sacrificio y la renuncia total al placer terrenal, interpretando la alegría como una distracción frívola del camino sagrado.
Esta creencia se considera disfuncional porque:
Genera conflicto interno: crea una dicotomía falsa entre el bienestar emocional positivo (alegría, gratitud, diversión) y el crecimiento espiritual, llevando a la persona a reprimir o sentir culpa por experiencias legítimas de gozo.
Disminuye los recursos emocionales: la alegría, el humor y la ligereza son amortiguadores naturales contra el estrés y el agotamiento. Negarse estos recursos hace que el camino espiritual sea más vulnerable al desgaste, la rigidez o el resentimiento.
Obstaculiza la conexión auténtica: una presencia severa puede crear una barrera con los demás y con lo divino, que se manifiesta en toda la creación. La alegría compartida es un poderoso conector y un reflejo natural de un corazón en paz.
Apaga la gratitud: la gratitud florece en un corazón que se permite recibir y saborear los dones, desde una comida hasta una puesta de sol. La solemnidad rígida, al desvalorizar la experiencia gozosa, seca la raíz misma de la acción de gracias.
La evidencia contemporánea muestra que cultivar emociones positivas como la alegría no solo es compatible con una vida profunda y ética, sino que la fortalece, expandiendo nuestra capacidad de atención, creatividad, conexión y resiliencia. La verdadera santidad práctica es íntegra: abraza la profundidad del silencio y la elevación de la risa como dos expresiones igualmente válidas de una conciencia despierta y agradecida.
Ejercicio espiritual práctico: “el sagrado deber del gozo consciente”
Este tratamiento espiritual está diseñado para reentrenar tu atención y tus hábitos emocionales, integrando sistemáticamente la alegría como una práctica devocional y un indicador de conexión genuina.
Fase 1: reconocimiento y reencuadre (reframing)
Ejercicio diario (2 minutos, al despertar o antes de meditar):
Siéntate en silencio y declara suavemente en tu interior: “hoy, permitiré que la alegría sea una de las muchas formas en que mi espíritu alabe y se conecte con la Santa Divinidad. Reconozco que el gozo en la creación es un eco de su presencia.”
Visualiza brevemente la cualidad de la divinidad que más te conmueva (su amor infinito, su creatividad, su belleza). Imagina que la alegría es una chispa de esa cualidad, que puedes experimentar sin disminuir tu reverencia.
Fase 2: identificación y celebración de los instantes sagrados de gozo
Ejercicio práctico (durante el día):
Lleva contigo una pequeña libreta o usa una nota en tu dispositivo. Tu misión es convertirte en un “identificador de alegrías sagradas”.
Durante el día, identifica tres momentos simples que despierten en ti una chispa de gozo, placer sereno o gratitud alegre. Estos no deben ser grandes eventos. Busca lo micro-sagrado:
La textura perfecta del cereal en tu desayuno vegetariano.
La sombra juguetona de un árbol moviéndose al viento, como si saludara.
Una carcajada interna por un error gracioso que cometiste.
La sensación de agua fresca en tus manos, un regalo del río y la nube.
El color inesperadamente vivo de una verdura al cortarla.
Anota cada instante. Junto a él, escribe una breve oración o reconocimiento que una ese gozo a lo divino. Por ejemplo:
“gracias por el don de este sabor y por las manos que lo cultivaron. Mi alegría es mi gratitud hecha sensación.”
“me río con su creación juguetona. Esta ligereza es un saludo a tu espíritu presente en el viento.”
Fase 3: integración corporal y ofrenda
Ejercicio al final del día (5 minutos):
Antes de dormir, revisa tus tres “instantes de gozo sagrado”.
Elige el que más resonó en ti. Cierra los ojos y revívelo en tu cuerpo. Recuerda la sensación, la imagen, el sonido. Permite que una sonrisa suave, genuina y no forzada, se dibuje en tu rostro. Siente cómo esa alegría se expande desde tu pecho.
Con esa sensación corporal de gozo sereno como fondo, ofrece una oración silenciosa de ofrenda: “este gozo que habita en mi cuerpo y en mi espíritu en este momento, te lo devuelvo, Santa Divinidad, como una ofrenda de mi día. Que mi alegría consciente sea un canto silencioso que honre la vida que me das.”
Respira profundamente tres veces, sintiendo que tu alegría es parte del flujo de dar y recibir con lo sagrado.
Recordatorio: no fuerces la alegría. El ejercicio no es sobre fingir euforia, sino sobre permitirte notar, nombrar y consagrar los destellos de gozo que ya existen en tu vida cotidiana. Al hacerlo, estarás desafiando activamente la creencia disfuncional y construyendo una nueva ruta neuronal (sendero neuronal, neuro-pathway): la de que la santidad no apaga la alegría, sino que la consagra, convirtiendo la gratitud en una experiencia vivida y plena, y el servicio en un acto que nace de un corazón completo, no de uno restringido.
La ilusión del fervor constante: la trampa de medir la gracia por la emoción
“Si no siento fervor, mi práctica no vale”: Confundir el compromiso de la voluntad con las emociones pasajeras. Lleva a abandonar el camino en épocas de “sequedad”.
Explicación: el compromiso que trasciende la ola emocional
La creencia de que la validez de nuestra práctica espiritual depende de sentir un fervor emocional constante es una trampa cognitiva común que equipara la autenticidad con un estado afectivo específico. Esta idea surge de una fusión entre el hecho de nuestra devoción (la acción, el compromiso, la intención) y la experiencia emocional que a veces la acompaña. Se basa en la premisa errónea de que lo que se siente en un momento dado define la verdad y el valor de lo que se hace.
Esta creencia es disfuncional porque:
Genera dependencia de un estado interno inestable: las emociones son, por naturaleza, transitorias y reactivas a múltiples factores (fatiga, estrés, salud, ciclos naturales). Atar la validez de una práctica sagrada a este flujo variable es como construir una casa sobre arena movediza.
Promueve el abandono y la autocrítica: en periodos de “sequedad” emocional, cansancio o duda natural, esta creencia interpreta la falta de fervor como una falla personal, una pérdida de gracia o una prueba de que la práctica es inauténtica. Esto lleva a un ciclo de culpa y, frecuentemente, al abandono del camino, precisamente cuando la práctica disciplinada sería más terapéutica y fortalecedora.
Confunde la voluntad con la emoción: la santidad práctica se cultiva con la voluntad consciente (la elección de actuar con amor, de meditar, de servir). La emoción de fervor es un regalo que a veces florece de esa práctica, pero no es su cimiento. La creencia disfuncional invierte este orden, haciendo del regalo (la emoción) el requisito obligatorio.
Niega el valor sagrado de la constancia fiel: el seguir adelante, día tras día, incluso cuando no hay recompensa emocional inmediata, es en sí mismo un acto de profunda confianza y amor puro. Es la “fe del carbonero”, el amor que sirve sin pedir sentir. Esta constancia forja el carácter espiritual de manera más profunda que los momentos de éxtasis.
La evidencia contemporánea muestra que los hábitos y compromisos sostenidos (la práctica) son lo que genera cambios neurales y de carácter duraderos, no los estados emocionales puntuales. Disociar la acción del estado emocional momentáneo es una habilidad clave para el bienestar y la resiliencia.
Ejercicio espiritual práctico: “el pacto del hacedor fiel: valorar la acción sobre la ola sentida”
Este tratamiento espiritual está diseñado para ayudarte a observar y desfusionar la creencia que une tu práctica al fervor emocional, reemplazándola por una consciencia del valor intrínseco de la acción comprometida.
Fase 1: observación y nombramiento sin juicio
Ejercicio diario (3 minutos, antes o después de tu práctica principal):
Al sentarte para tu momento de oración, meditación o estudio sagrado, toma un breve instante para escanear tu estado emocional interior. Simplemente observa. ¿hay entusiasmo? ¿cansancio? ¿paz? ¿vacío? ¿indiferencia?
Sin juzgarlo como “bueno” o “malo” para la espiritualidad, nómbralo suavemente en tu interior: “ahora hay cansancio”, “ahora hay una sensación de quietud”, “ahora no siento fervor alguno”.
Luego, formula esta declaración de intención: “me siento así, y aún así, elijo honrar este momento sagrado con mi presencia y mi voluntad. Mi compromiso no depende de esta ola que pasa.”
Procede con tu práctica.
Fase 2: el registro del valor intrínseco
Ejercicio semanal (una vez por semana, al final del día de descanso):
Consigue un cuaderno dedicado. Divide una página en dos columnas.
En la columna izquierda, titulada “la ola sentida”, anota brevemente la calidad emocional predominante que acompañó tus prácticas espirituales clave de la semana (ej.: “lunes: serenidad; miércoles: distracción; viernes: sequedad total”).
En la columna derecha, titulada “la acción fiel”, describe la acción concreta que realizaste, independientemente de la emoción. Enfócate en el hecho observable y en tu intención:
Ejemplo: “levantarme a la hora pactada y sentarme en silencio durante 15 minutos, ofreciendo mi cansancio.”
Ejemplo: “preparar la comida vegetariana con atención plena a los ingredientes, agradeciendo su vida.”
Ejemplo: “respirar profundamente y elegir una respuesta amable cuando sentí irritación.”
Al final de la lista, escribe: “la Santa Divinidad, que conoce todos los corazones, ve y valora la verdad de estas acciones fieles, más allá de la tormenta o la calma en mi mar interior. Mi voluntad es mi ofrenda.”
Fase 3: la ceremonia de la constancia sencilla
Ejercicio en momento de “sequedad” (cuando la creencia disfuncional sea más fuerte):
Cuando sientas que “no vale la pena” practicar porque no sientes nada, detente. En lugar de rendirte, convierte ese momento en un ritual especial.
Prepara tu espacio con sencillez. Enciende una vela o simplemente siéntate.
Di en voz baja o en tu interior: “Santa Divinidad, creadora de la noche y el día, de la lluvia y la sequía, hoy mi corazón parece un campo árido. No te traigo flores de fervor, ni cantos de alegría. Te traigo, en cambio, la simple piedra de mi voluntad. Te ofrezco esta acción pequeña y firme, hecha no por inspiración, sino por amor a ti y a mi camino. Acepta esta ofrenda seca y verdadera.”
Realiza entonces tu práctica (una oración breve, una meditación de 5 minutos en la respiración, la lectura de un párrafo inspirador) con la atención puesta en el acto en sí, no en buscar sentir algo. El acto es la ofrenda.
Al finalizar, inclínate ligeramente en señal de respeto por tu propia fidelidad, que refleja la fidelidad eterna.
Recordatorio: el objetivo no es suprimir el deseo de sentir fervor (que es hermoso), sino liberar tu práctica de ser su rehén. Al hacer este ejercicio, estarás cultivando la virtud de la fortaleza espiritual y la fe madura, que ama y sirve sin demandar un pago emocional constante. Estarás construyendo una santidad arraigada en la roca de la voluntad consciente, no en la arena movediza del estado de ánimo.
La arrogancia del espejo impecable: la trampa de la santidad como espectáculo
“Debo ser el ejemplo perfecto para que otros crean”: Una forma de orgullo que pone la mirada en el “yo” y en la reputación, en lugar de en la Divinidad.
Explicación: la humildad del testigo auténtico
Esta creencia disfuncional transforma el testimonio espiritual en una actuación constante, donde el buscador se convierte en actor principal de un espectáculo de perfección. Se fundamenta en una lógica errónea de causa-efecto espiritual: “si yo muestro fallas, los demás perderán la fe”. Esta idea fusiona el valor del camino sagrado con la imagen personal, creando una identidad espiritual rígida y frágil que debe ser defendida a toda costa.
Esta creencia es disfuncional porque:
Genera una identidad espiritual performativa: la persona construye un “yo espiritual idealizado” que debe exhibirse públicamente. Esta máscara requiere un gasto constante de energía cognitiva y emocional para mantener la coherencia entre lo que se es y lo que se aparenta ser, generando fatiga y ansiedad.
Obstaculiza el crecimiento genuino: el miedo a “defraudar” a quienes nos observan impide reconocer y trabajar áreas de sombra personal. Los errores se ocultan en lugar de integrarse como oportunidades de aprendizaje, creando una espiritualidad de superficie que carece de raíces profundas.
Distorsiona las relaciones espirituales: convierte los vínculos comunitarios en relaciones de “actor-público” en lugar de conexiones auténticas entre buscadores. La vulnerabilidad, esencial para la intimidad espiritual, se suprime por temor a romper la imagen proyectada.
Niega la agencia espiritual del otro: asume que la fe ajena es tan frágil que depende de nuestra conducta impecable. Esta visión paternalista desconoce la capacidad de discernimiento y el proceso interior único de cada persona, así como el papel soberano de lo divino en cada camino.
Es una carga mesiánica inconsciente: coloca sobre los hombros propios una responsabilidad que corresponde a la gracia divina y a la libertad humana. La conversión o inspiración espiritual se convierte en un logro personal en lugar de un misterio relacional entre el individuo y lo sagrado.
La evidencia contemporánea muestra que la autenticidad—mostrarse congruente entre valores internos y expresión externa—es lo que genera verdadera influencia e inspiración. La vulnerabilidad bien integrada (compartir conflictos desde un lugar de crecimiento, no de victimismo) fortalece la conexión humana y hace que el testimonio sea creíble y accesible.
Ejercicio espiritual práctico: “el oficio del vaso agrietado: de la representación a la transparencia sagrada”
Este tratamiento está diseñado para transformar la necesidad de ser un “ejemplo perfecto” en la libertad de ser un “testigo auténtico”, permitiendo que la luz divina brille precisamente a través de las rendijas de nuestra humanidad.
Fase 1: el desenmascaramiento consciente
Ejercicio de diálogo interior (7 minutos, en soledad):
Siéntate en quietud y respira profundamente tres veces.
Pregúntate con honestidad: “¿a quién estoy tratando de impresionar con mi ‘santidad perfecta’?” visualiza esos rostros o esa audiencia imaginaria.
Ahora, imagina que frente a ti está la Santa Divinidad, que te conoce completamente—tus luces y tus sombras, tus esfuerzos y tus contradicciones.
Formula en voz baja este acto de desprendimiento: “hoy desciendo del escenario que yo mismo construí. Renuncio al papel de ’ejemplo perfecto’. Ante ti, que ves todo, me presento simplemente como soy: un buscador en camino, a veces firme, a veces titubeante. Mi valor no está en lo impecable de mi imagen, sino en la sinceridad de mi búsqueda.”
Toma un espejo pequeño. Mírate a los ojos y repite: “mi tarea no es ser impecable, sino ser auténtico. La fe que pueda inspirar nacerá de esta verdad, no de una representación.”
Fase 2: la práctica del testimonio integrado
Ejercicio relacional semanal (a implementar en una interacción genuina):
Preparación: antes de un encuentro significativo (familiar, comunitario), realiza esta plegaria breve: “que en este encuentro mi intención sea conectar desde el corazón, no impresionar desde la imagen. Dame la sabiduría para discernir cuándo compartir mi humanidad puede servir al otro, no a mi ego.”
Acción consciente: durante la interacción, practica la transparencia dosificada. Si surge naturalmente y es potencialmente edificante, comparte brevemente un aspecto de tu proceso (no solo tus logros):
“esto que comparto lo vivo como un ideal, aunque algunos días me cueste más encarnarlo.”
“este principio lo comprendí mejor después de equivocarme varias veces en su aplicación.”
“lo que te digo viene de mi experiencia, que incluye aciertos pero también aprendizajes dolorosos.”
Reflexión posterior: anota después: “hoy preferí la autenticidad sobre la impecabilidad en [situación específica]. ¿qué sentí antes, durante y después? ¿cómo respondió el otro?”
Fase 3: el ritual de la ofrenda imperfecta
Ceremonia mensual de liberación (al finalizar cada ciclo lunar o mensual):
Prepara un espacio simple con dos objetos: una máscara pequeña (de papel, cartón o arcilla) y un vaso de barro o una concha.
Toma la máscara y recuerda un momento del mes en que actuaste desde la necesidad de mantener una imagen de perfección. Identifica el miedo que había detrás: miedo al rechazo, a la decepción, a perder influencia.
Con respeto pero determinación, rompe o desfigura simbólicamente la máscara mientras dices: “rompo el contrato secreto con la aprobación ajena. Libero la carga de ser el ejemplo perfecto. Mi valor ante la divinidad no depende de mi reputación ante los humanos.”
Deposita los fragmentos en la tierra o en un recipiente.
Toma ahora el vaso o la concha. Observa sus imperfecciones, sus grietas, su asimetría. Sostenlo entre tus manos y declara: “este soy yo: un recipiente imperfecto pero dispuesto. Que mi vida, con sus grietas visibles, sea testimonio de que la gracia divina no requiere vasijas perfectas, sino corazones disponibles. Mi ofrenda no es mi perfección, sino mi búsqueda sincera.”
Coloca este objeto en tu altar o espacio sagrado como recordatorio permanente de tu vocación liberada.
Recordatorio: la meta no es exhibir indiscriminadamente las fallas, sino dejar de esconderlas por miedo. El testimonio poderoso no es el del que “ya llegó”, sino el del que camina visiblemente—con pasos firmes y tambaleantes—hacia la luz. Al practicar esto, cultivas la humildad verdadera (que reconoce límites sin perder dignidad) y la confianza radical en que la divinidad puede usar incluso—y especialmente—nuestra humanidad imperfecta para tocar otros corazones.
La prisión del fantasma indeleble: la trampa de creer que el pasado tiene la última palabra
“Mi pasado me define más que mi presente”: creer que la “mancha” del error antiguo es indeleble, negando la capacidad de la Santa Divinidad para renovar todas las cosas.
Explicación: la biografía abierta y el poder del presente consciente
Esta creencia disfuncional es una trampa de la memoria que convierte la historia personal en una sentencia irrevocable. Opera bajo la ilusión de que los actos pasados—especialmente aquellos que contradicen nuestros valores actuales—poseen un poder definitorio superior a la elección consciente del momento presente. Se trata de una fusión cognitiva donde la persona se identifica completamente con sus errores históricos (“soy un fracasado”, “soy indigno”), en lugar de reconocerlos como eventos que sucedieron pero que no constituyen la totalidad de su ser en evolución.
Esta creencia es disfuncional porque:
Crea una identidad fija y patologizante: la persona construye una narrativa de sí misma donde el error pasado es el capítulo central y definitivo de su historia. Esto impide el desarrollo de una identidad flexible y en crecimiento, condenándola a repetir mentalmente un juicio que ya no corresponde a quien es hoy.
Genera indefensión aprendida espiritual: si el pasado nos define irrevocablemente, cualquier esfuerzo presente por cambiar, reparar o crecer se percibe como fútil.”¿para qué intentar ser mejor si mi esencia ya está manchada?" esta desesperanza aprendida paraliza la voluntad y sofoca la iniciativa espiritual.
Distorsiona la relación con lo divino: se proyecta sobre la Santa Divinidad una mirada de contador implacable, incapaz de percibir la transformación presente, atrapada en un registro antiguo. Esto niega radicalmente principios espirituales universales como la misericordia, la renovación y la gracia que actúa en el tiempo presente.
Consume energía vital al presente: una cantidad significativa de atención y energía emocional queda atrapada en la reelaboración y re-sentimiento del pasado, recursos que no están disponibles para la práctica amorosa, la creatividad espiritual o el servicio en el ahora.
Ignora la evidencia de la neuroplasticidad y el cambio: la ciencia contemporánea demuestra que nuestro cerebro, nuestros patrones emocionales y nuestro carácter pueden transformarse mediante la práctica intencional y repetida. Cada acto consciente en el presente literalmente reconfigura las redes neuronales, escribiendo una nueva página en nuestra biografía neural y espiritual.
Ejercicio espiritual práctico: “el ritual de la línea de tiza: sepultar el juicio antiguo y consagrar la página presente”
Este tratamiento está diseñado para ayudarte a desfusionarte de la identificación con tu pasado, reconociéndolo como parte de tu camino pero no como tu destino, y a transferir la autoridad definitoria de tu vida al momento presente y a la acción consciente.
Fase 1: la ceremonia de la separación
Ejercicio simbólico de límite (en un espacio privado, 15 minutos):
Haz esta fase 1 mentalmente, imagina que utilizas un puñado de sal marina, harina o tiza en polvo. En el suelo (o en una superficie grande de papel), dibuja una línea clara y contundente.
Párate en un lado de la línea. Este es el “territorio del fantasma”. Cierra los ojos y recuerda, sin ahondar en los detalles dolorosos, la sensación de estar definido por ese error o época pasada. Siente el peso, la vergüenza, la rigidez. Respira ahí por un momento.
Da un pequeño paso, cruzando la línea. Ahora estás en el “territorio de la oferta presente”. Gira y mira la línea que acabas de cruzar. Di en voz alta: “esta línea separa lo que fui de lo que estoy siendo. Lo que hice de lo que elijo hacer ahora. Reconozco mi historia, pero no permito que sea mi cárcel. La Santa Divinidad, que habita en el eterno presente, me llama a este lado de la línea.”
Con una escoba, una toalla o tu mano, borra la línea. Mientras lo haces, afirma: “borro la ilusión de la separación absoluta. Mi pasado es parte de mi camino, pero mi presente es mi lugar de poder y de encuentro contigo, oh divinidad.”
Fase 2: la práctica del registro renovado
Ejercicio cotidiano de escritura del diario (5 minutos al final del día):
Usa un cuaderno nuevo o una nueva sección titulada “evidencia de la página presente”.
Cada noche, escribe una sola acción, intención o pensamiento consciente del día que sea incompatible con la vieja definición que el pasado te imponía. No debe ser grandioso. Debe ser simple y verdadero. Por ejemplo:
“hoy, cuando sentí ira, respiré y callé, eligiendo no herir. Ese no era yo hace años.”
“hoy, preparé mi comida vegetariana con gratitud hacia la vida que me sustenta. Honro la vida de una manera nueva.”
“hoy, en medio del estrés, pronuncié una breve plegaria pidiendo paz, en lugar de rendirme a la agitación. Mi recurso interno ha cambiado.”
Debajo de cada anotación, escribe: “esta acción, por pequeña que sea, es una prueba escrita en el libro de mi vida presente. Es más real y más definitoria que cualquier sombra del ayer. La Santa Divinidad ve este acto ahora.”
Fase 3: la oración de la identidad presente
Ejercicio de re-enmarcación mental (en momentos de intrusión del pasado, 2 minutos):
Cuando un pensamiento o sentimiento del pasado surja para decirte “tú eres eso”, detente. Coloca una mano sobre tu corazón.
En voz baja o mentalmente, dirige una oración directa a la fuente de tu espiritualidad: “Santa Divinidad, tú que existes en un presente eterno, te presento esta sombra de mi ayer. No te pido que la borres de la historia, sino que me ayudes a verla con tus ojos: como una lección aprendida, como una tierra fértil desde donde crece el hombre/mujer que hoy busca servirte. Mi identidad ante ti no es la fotografía de mi error, sino el video en vivo de mi búsqueda en este instante. Afírmame en lo que puedo elegir ser ahora.”
Luego, desplaza deliberadamente tu atención a una sensación física presente (la respiración, el contacto de los pies con el suelo) y a una pequeña acción positiva que puedas realizar inmediatamente (regar una planta, ordenar un espacio, ofrecer una sonrisa a quien está cerca).
Comentario final: la verdadera indelebilidad
La creencia en la mancha indeleble es, paradójicamente, un intento fallido de honrar la seriedad de nuestros actos. Pero confunde la seriedad con el fatalismo. La verdadera espiritualidad práctica no niega el pasado; lo integra como maestro, no como verdugo. La única cosa verdaderamente “indeleble” no es el error, sino la capacidad de la conciencia divina—y de nuestra propia conciencia alineada con ella—para encontrar significado, extraer sabiduría y generar belleza nueva a partir de cualquier materia prima, incluyendo la de nuestros fracasos. Tu biografía no es un libro ya encuadernado y sellado. Es un manuscrito abierto, y la pluma que escribe el capítulo de hoy está en tu mano presente, sostenida por una gracia que siempre ofrece una página en blanco. Deja que el fantasma descanse. Tu trabajo sagrado está aquí, en la respiración de este momento, en la elección de este acto.
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