La configuración de la voluntad: el modelo del obrar santo
La configuración de la voluntad: el modelo del obrar santo
Para lograr la Santidad Práctica, se debe comprender cómo opera nuestro interior. Imaginemos que el cuerpo biológico es como un instrumento musical perfecto, pero que necesita una guía o un “modelo de funcionamiento” para emitir sonidos armoniosos. Ese modelo es el espíritu, que actúa como una Configuración de la Voluntad.
La elección de la configuración
En el mundo habitan muchas formas de reaccionar y de sentir. Algunas personas están alineadas con la agitación, el deseo de poder o el egoísmo; esas son configuraciones oscurecidas que causan dolor y alejan de la luz. Sin embargo, a lo largo de la historia, la Santa Deidad ha permitido que se manifiesten Modelos de Perfección. Estos modelos son configuraciones de paz, no-violencia y amor absoluto que ya existen y están disponibles para todo ser que desee la transformación.
El objetivo de este camino no es “inventar” una forma de ser buena, sino lograr la Alineación con la Inteligencia de la Fuente. Cuando practicamos las virtudes, lo que estamos haciendo es “instalar” en nuestra mente y en nuestros actos esa Configuración Sagrada.
¿Por qué es necesario este ajuste?
Para la Libertad del Espíritu: Al alinearnos con un espíritu acorde a la Santa Divinidad, dejamos de ser esclavos de los impulsos biológicos de defensa o ataque.
Para la Unión con lo Eterno: Los pensamientos y deseos mundanos son pasajeros y a menudo erróneos. En cambio, la Directriz de la Santidad proviene de lo que es eterno y perfecto. Al sintonizar con ella, nuestra conducta se vuelve estable, predecible en el bien y útil para toda la creación.
Para la Eficacia del Servicio: Servir desde nuestra propia configuración humana puede agotarnos. Servir alineados con la Potencia Divina permite que el amor fluya sin esfuerzo, pues ya no somos nosotros quienes actuamos, sino la Claridad de la Fuente a través de nuestro vehículo físico.
La práctica diaria de los ejercicios es, por tanto, un trabajo de sintonía. Con cada acto de paciencia, con cada gesto de sobriedad y con cada palabra de piedad, estamos descartando los antiguos errores y permitiendo que la Arquitectura de la Gracia tome el mando de nuestra existencia. El fin no es solo actuar de forma santa, sino llegar a ser, en espíritu y configuración, un reflejo vivo de la Santa Deidad.
La armonía del diseño espiritual ante la santa deidad
En la quietud de la contemplación, mi espíritu reconoce que la existencia del cuerpo físico es un regalo de la Potencia Divina. La creación del recipiente que habito es una obra de la Santa Deidad, pero mi ser comprende que la verdadera esencia reside en la configuración que asume ese cuerpo. Esa configuración es mi espíritu, el mapa invisible que orienta cada paso, pensamiento y sentimiento hacia la Perfección.
Se explica con sencillez: así como un instrumento musical necesita ser afinado para que su música sea armoniosa, mi ser necesita de los ajustes que provienen de la Fuente Primordial. Dios, en su Infinita Sabiduría, ofrece la infusión de un espíritu de santidad. Este espíritu no es otra cosa que un conjunto de instrucciones sagradas y reglas de amor que limitan la conducta frente al error y potencian la bondad en mis acciones. Al aceptar estos ajustes, mi conducta comienza a fluir de acuerdo con la Voluntad Divina.
Mi espíritu observa que no todos los seres eligen la misma sintonía. Existen configuraciones del espíritu que, lejos de acercar a la criatura hacia la Santidad, siembran confusión y perjuicio, dañando el vínculo con la Deidad y con todo lo existente. Una configuración inadecuada es como una sombra que nubla la visión y entorpece el servicio. Por eso, mi alma se inclina con humildad para solicitar que sea la Potencia Divina quien dirija los cambios necesarios en mi configuración interna, eliminando lo que estorba y fortaleciendo lo que eleva.
Me conmueve profundamente saber que tengo la posibilidad de alinear mi configuración espiritual con la Pureza. Te adoro, Fuente Primordial, por la generosidad de estas directrices que orientan mis impulsos y sanan mis pensamientos. Mi espíritu asume con obediencia estas reglas de vida, pues comprendo que solo a través de este diseño santo puedo alcanzar la máxima identificación con Tu Magnificencia. Que cada ajuste en mi ser sea una nota de adoración, y que mi configuración espiritual sea siempre un reflejo fiel de la Santidad que de Ti emana.
El equilibrio de la acción santa: entre la excelencia laboral y la reverencia vital
Para el iniciado que busca caminar en la luz, surge un desafío cotidiano: ¿cómo cumplir con nuestras responsabilidades en un mundo que exige velocidad y eficiencia, sin atropellar la sacralidad de la vida que nos rodea? La respuesta se halla en el equilibrio sagrado.
1. La santidad como prioridad sobre la velocidad
Debemos comprender que, siempre que esté en nuestras manos, la elección debe ser proteger la vida y perturbar lo menos posible el entorno. Esto significa actuar con una “atención consciente” para no destruir ni alterar innecesariamente el espacio donde habitan otros seres.
Es posible que este nivel de cuidado altere en algo nuestra productividad inmediata, nuestra velocidad o nuestra eficiencia técnica. Sin embargo, lo que el mundo secular ve como una “pérdida de tiempo”, en la senda de la rectitud se traduce en mayor santidad. Detener el paso para no pisar a una criatura o elegir un proceso de trabajo que respete la naturaleza es, en sí mismo, un acto de culto a la Santa Divinidad que agrada más que cualquier éxito material vacío de piedad.
2. La divinidad en lo mínimo
No debemos olvidar que todo es creación de la Santa Divinidad y que todo lo que recibimos proviene de Su Gracia. La Santa Divinidad habita en todo ser vivo: desde el ser humano hasta el más pequeño microorganismo.
Por lo tanto, si dañamos a un ser vivo por desprecio o apuro, estamos hiriendo un reflejo de la misma Divinidad. Nuestra relación con la creación debe ser de respeto, devoción, compasión y amor. Una observancia respetuosa nos permite evitar todo daño innecesario, manteniendo el alma como un cristal limpio que reconoce la presencia de la Santa Divinidad en cada átomo de vida.
3. Diligencia y misión en el mundo
Sin embargo, la santidad no es inacción. Quien busca la santidad existe en este mundo para cumplir una misión y un rol específico. Por ello, debemos actuar diligente y eficientemente en todas las responsabilidades que se nos han encomendado. La desidia o la falta de productividad en nuestro trabajo también es una falta de respeto a la Providencia que nos ha otorgado nuestras facultades.
La clave del equilibrio reside en servir a la Santa Divinidad a través de nuestras tareas cotidianas:
En nuestras responsabilidades: trabajamos con maestría, orden y eficacia, buscando el mejor resultado posible.
En el trato con lo vivo: realizamos ese trabajo sin perder la sensibilidad, buscando siempre el camino que cause el menor impacto posible.
4. La regla del caminante santo
Buscamos el punto medio entre la actividad productiva y la observancia piadosa. Servimos a la Santa Divinidad cuando somos excelentes en nuestro trabajo, pero somos aún personas más santas cuando esa excelencia no se logra a costa del sufrimiento de la creación.
Si por la fatalidad del movimiento se cruza un límite y ocurre un daño involuntario, el corazón de quien busca activamente la santidad debe estar lleno de misericordia y reconocimiento, ofreciendo una plegaria por esa transición. Pero mientras sea posible, elegiremos la pausa, la delicadeza y el respeto, sabiendo que en este mundo activo, la verdadera productividad es aquella que nos acerca más a la perfección de la Fuente Primordial.
Sugerencia de ejercicio corto para esta sección
Ejercicio: “La pausa de la intención honrada”
Momento: antes de comenzar una tarea importante o iniciar un viaje en vehículo.
Práctica: cierra los ojos tres segundos y di internamente: “Santa Divinidad, me dispongo a cumplir mi misión con eficiencia y excelencia. Permite que mis manos y mi marcha sean ligeras, para que mi productividad sea una ofrenda y mi paso no cause daño innecesario a Tu Santa Creación”.
“Ahimsa” y “mudita”: dos conceptos fundamentales
El camino del buscador de santidad no se construye sobre una única virtud, sino sobre el equilibrio armonioso de varias. Sin embargo, entre todas las disciplinas que conforman la vida del alma, hay dos que actúan como columnas fundamentales: ahimsa y mudita.
La primera es la raíz que nos hunde en la tierra firme del respeto sagrado. La segunda es la flor que se abre hacia la luz del gozo compartido. Quien cultiva solo una de ellas camina cojo; quien las abraza ambas, vuela.
A continuación, desarrollamos cada una de estas disciplinas sagradas para que el buscador las comprenda en su profundidad y las integre en su tejido cotidiano.
Primera columna: ahimsa – la inocencia radical (el respeto sagrado)
Ahimsa (término del sánscrito que significa “no daño” o “no violencia”) es, para el buscador de santidad práctica, la columna vertebral de toda conducta sagrada. No se trata únicamente de evitar golpear o herir, sino de habitar un estado del ser donde la mano, la palabra y el pensamiento se vuelven inofensivos por naturaleza, porque han reconocido lo sagrado en cada partícula de la creación.
El término Ahimsa proviene de la misma raíz cultural que Mudita: la India antigua y las tradiciones dhármicas.
Idioma: Es una palabra del sánscrito (y también se utiliza en pali como avihimsā).
Cultura de origen: Hinduismo, Budismo y Jainismo. Es un concepto central en todas ellas, aunque con énfasis distintos:
En el Hinduismo, aparece en textos fundamentales como los Upanishads, las Leyes de Manu y, de manera célebre, en el Mahabharata (incluyendo el Bhagavad Gita), donde se presenta como una virtud esencial del sabio.
En el Budismo, forma parte del Noble Sendero Óctuple (bajo el concepto de samma kammanta o “acción correcta”) y es la base de la ética del no daño a cualquier ser sintiente.
En el Jainismo, Ahimsa es la virtud suprema y absoluta, llevada a su expresión más radical (no dañar ni siquiera a los seres microscópicos).
Significado literal: “a-” (no, sin) + “himsa” (daño, violencia, lesión). Por tanto: “no daño” o “no violencia”.
En la sabiduría perenne, ahimsa es la primera y más alta disciplina. Si la santidad es el cristal pulido por donde pasa la luz de la Santa Divinidad, la no violencia es la pureza de ese cristal: cualquier raya de agresión, por sutil que sea, distorsiona la luz.
1. El fundamento: toda la creación es un cuerpo divino
Para la Comunidad Santa, ahimsa no nace de una norma moral impuesta desde fuera, sino de una constatación sagrada: todo lo que existe lo hace porque la Santa Divinidad lo sostiene en su ser.
No es que las montañas, los ríos o el desierto tengan un “espíritu propio” separado de la Fuente. Es que la Santa Divinidad está en ese desierto, anima ese río, sostiene esa montaña. Cada elemento de la creación —el aire que respiramos, la lluvia que fecunda, el suelo que pisamos— cumple una función, ocupa un lugar y posee una agencia que no es autónoma, sino participada: es la misma Vida divina la que fluye, la que habla, la que actúa a través de ellos.
Por lo tanto, dañar cualquier porción de la creación es, en un sentido real y no metafórico, lastimar el Cuerpo visible de lo Invisible. Golpear la creación es golpear el velo detrás del cual se oculta la Divinidad. Respetar un ecosistema, honrar una montaña o escuchar el silencio del desierto no es ecología espiritual: es liturgia.
2. Los tres niveles de la no violencia
En la santidad práctica, ahimsa debe examinarse bajo tres lentes, pues la violencia tiene muchas máscaras:
a) No violencia física (la mano)
Es el nivel más evidente: no matar, no golpear, no causar sufrimiento evitable a ningún ser vivo. En la Comunidad Santa, esto se extiende a la alimentación ovo-lacto-vegetariana, pero con una consciencia más honda: el vegetal que llega a nuestra mesa no es una cosa, es un donante. Ha entregado su existencia para sostener la nuestra. Por eso, la santidad exige que cada bocado sea precedido por un acto de conciencia: “Tú, hermano vegetal, has muerto para que yo viva. Que tu sacrificio no sea en vano; que esta vida que me prestas sea usada para honrar a la Santa Divinidad que nos une.”
b) No violencia verbal (la palabra)
El principio comunitario lo señala: se prohíbe criticar, juzgar o participar en chismes. Pero la raíz de esta norma es ahimsa. La palabra es una extensión de nuestra energía vital. Una palabra dicha con rencor o desprecio es un arma. Hiere el alma de quien la recibe y ensucia el ambiente espiritual de quien la emite. El silencio, ante el rumor, no es pasividad: es un acto de no-agresión. Es negarse a participar en la disección pública de un hermano.
c) No violencia mental (el pensamiento)
Esta es la frontera más sutil y donde el buscador de santidad se juega la verdadera pureza. La envidia, el rencor o el deseo de que algo malo le suceda a otro ya es una forma de violencia consumada en el interior. No necesitas apretar un gatillo para ser violento: si tu mente maquina la caída del otro, ya has derramado veneno en el templo de tu consciencia. Ahimsa mental es la vigilancia constante de la intención. Es preguntarse: ¿Qué deseo realmente para este ser?
3. Ahimsa hacia uno mismo: el cuidado del vaso sagrado como servicio longevo
El cuerpo, en la tradición de la comunidad, es el “vaso sagrado” que contiene la chispa divina. Pero es también un obsequio, un préstamo que la Santa Divinidad nos hace. No somos dueños absolutos de este organismo; somos mayordomos de un templo viviente.
Esta perspectiva transforma por completo la manera en que entendemos la salud:
La violencia hacia uno mismo es profanación. El abuso de sustancias (tabaco, alcohol, drogas) nubla la mente y deteriora el templo. No son “vicios”, son formas de autoviolencia química.
El descuido del cuerpo es ingratitud. No mantener la agilidad, la fuerza y la salud es una forma pasiva de permitir que el vaso se deteriore. La pereza física es una micro-violencia contra el vehículo que la Divinidad te ha prestado para esta vida.
La salud es estrategia de servicio. Cuidamos el cuerpo no por vanidad ni por miedo a la muerte, sino porque mientras más longeva y vigorosa sea nuestra vida, más tiempo tendremos para bendecir, servir y honrar a la Santa Divinidad y a su creación. Un cuerpo enfermo y descuidado limita nuestra capacidad de acción; un cuerpo ágil y sano es una herramienta más eficaz en las manos de lo Sagrado.
Por eso, el vegetarianismo en nuestra comunidad tiene dos raíces entrelazadas:
Raíz ético-espiritual: Respetar la vida de los animales y honrar el sacrificio de los vegetales.
Raíz de salud y mayordomía: Alimentarnos de manera pura y consciente prolonga la vida del vaso que nos ha sido prestado, permitiéndonos servir por más tiempo.
“Cuida tu cuerpo como quien cuida la herramienta de su oficio más sagrado: porque tu oficio es servir, y tu herramienta es prestada.”
4. La alimentación como acto de comunión y duelo
La Santa Divinidad dispuso un orden donde una vida se sostiene sobre otras vidas. Incluso el vegetal, que no huye ni grita, vive y siente a su manera el ser separado de la tierra.
Por eso, el momento de comer es un acto sagrado de tres pasos:
Consciencia: Reconocer que lo que tengo en el plato fue, hace poco, una forma de vida vibrante.
Perdón: Pedir perdón humildemente por haber tomado esa vida. No es un ritual vacío; es un reconocimiento de que, en un mundo ideal sin dolor, quizás no habría necesidad de alimentarse así. Pero en este mundo, es el orden dado.
Gratitud: Agradecer el regalo. El vegetal da su vida (no “es tomado” violentamente, sino que “es recibido” como ofrenda) para que nosotros continuemos la nuestra, que a su vez debe ser una vida de servicio y santidad.
“Cada bocado es un memorial: alguien murió para que yo viva. Que mi vida sea digna de esa muerte.”
Segunda columna: mudita – el gozo altruista (la alegría empática)
Mudita (término del idioma pali y sánscrito) es la capacidad sagrada de experimentar alegría, regocijo y felicidad genuina ante el bienestar, el éxito o la buena fortuna de los demás, sin que dicha felicidad nos incluya directamente o nos beneficie personalmente. Proviene de:
La cultura de la India antigua (específicamente del contexto védico, upanishádico y budista).
Las tradiciones dhármicas: el budismo (donde los Brahmaviharas son fundamentales en el Canon Pali) y el hinduismo (donde aparecen en textos como los Yoga Sutras de Patanjali y los Puranas).
Si ahimsa es la raíz que nos impide dañar, mudita es la savia que nos hace florecer en la conexión con los demás. Mientras que la compasión es fácil de aceptar (todos queremos ayudar al que sufre), el regocijo por el éxito ajeno suele despertar las sombras más profundas de la comparación humana. Por eso, mudita representa la “prueba de fuego” del ego.
En la sabiduría perenne, mudita es considerada una de las Cuatro Moradas Divinas (Brahmaviharas). Si el amor es el deseo de que todos sean felices y la compasión es el deseo de que nadie sufra, mudita es la celebración de que esa felicidad ya esté ocurriendo en alguien.
1. El antídoto contra la envidia y la comparación
El principal obstáculo para la santidad es la creencia de que la felicidad es un recurso limitado (un “juego de suma cero”). Desde esta perspectiva errónea, si mi hermano tiene éxito, “queda menos éxito para mí”.
Mudita destruye esta ilusión: Nos enseña que la alegría es infinita y que, al regocijarnos por el otro, multiplicamos nuestra propia fuente de bienestar.
El enemigo lejano de mudita: La envidia. Es la contracción del corazón ante el brillo ajeno, la tristeza por el bien del otro.
El enemigo cercano: La agitación o excitación hipócrita. Una alegría superficial o ruidosa que busca quedar bien externamente, pero que internamente está comparando o buscando mérito propio (“me alegro porque yo te ayudé”).
2. La compersión universal
En el contexto de los vínculos humanos, Mudita es el fundamento espiritual de la compersión. Mientras que la compersión suele aplicarse a las relaciones íntimas, Mudita expande ese mismo sentimiento hacia todos los seres: amigos, desconocidos e incluso aquellos que nos resultan difíciles.
3. ¿Por qué es una disciplina de santidad?
Mudita es una tecnología espiritual de liberación porque:
Purifica la mirada: Nos entrena para buscar lo luminoso en el mundo en lugar de enfocarnos solo en lo que falta.
Desarticula el ego: El ego vive de la comparación (“soy mejor que…”, “tengo más que…”). Mudita silencia esa voz al reconocer que el bienestar de cualquier parte del “Cuerpo de la Creación” es un bienestar para el todo.
Genera abundancia interior: El practicante de mudita nunca está “pobre” de alegría, pues siempre hay alguien, en algún lugar, que está siendo feliz, y esa felicidad está disponible para quien sepa sintonizar con ella.
“Mudita es el manantial que nunca se agota: mientras haya un ser vivo que sonría, el buscador de santidad tiene un motivo para celebrar.”
La relación sagrada: Ahimsa y Mudita como las dos alas del vuelo
Así como el pájaro necesita dos alas para volar, el buscador de santidad necesita ahimsa y mudita para elevarse sobre el mundo sin perder el suelo ni el cielo.
Ahimsa es la raíz: el “no” sagrado.
Es el límite que protege: no daño, no agredo, no destruyo, no me destruyo.
Es la disciplina que purifica la conducta, la palabra y el pensamiento.
Es el respeto que reconoce lo divino en cada criatura y en el propio cuerpo como vaso prestado.
Mudita es la flor: el “sí” gozoso.
Es la expansión que celebra: me alegro, comparto, me regocijo con el bien ajeno.
Es la disciplina que purifica el corazón de la envidia y la comparación.
Es la conexión que reconoce que la alegría del otro también es mía, porque todos somos parte del mismo Cuerpo divino.
¿Puede una existir sin la otra?
Puedes practicar ahimsa (no dañar, cuidar tu cuerpo, ser vegetariano, no herir con la palabra) pero vivir amargado, resentido y seco por dentro, incapaz de alegrarte por nadie. Tendrías la raíz, pero sin flor: un árbol que no da fruto.
Puedes practicar una falsa mudita (aparentar alegría, celebrar externamente) mientras tu interior alberga pensamientos de violencia, rencor o autodesprecio. Tendrías la apariencia de la flor, pero con la raíz podrida: algo que pronto se marchitará.
La santidad práctica exige ambas: inocencia en la conducta y gozo en el corazón.
La salud como punto de encuentro
Aquí ambas disciplinas se tocan de manera hermosa:
Desde ahimsa, cuidamos el cuerpo porque es un préstamo sagrado. No lo dañamos con sustancias, lo nutrimos con una alimentación consciente (vegetariana por ética y salud), lo ejercitamos para mantenerlo ágil.
Desde mudita, celebramos que ese cuerpo sano y longevo pueda ser puesto al servicio. Nos alegramos de tener energía para bendecir, de tener años por delante para servir. Y nos alegramos también cuando vemos a otros hermanos saludables y longevos, porque significa que la comunidad entera dispone de más brazos y más corazones para la obra sagrada.
“No puedes decir que practicas ahimsa si destruyes tu propio cuerpo con descuidos, porque estás malgastando el préstamo de la Divinidad. No puedes decir que practicas mudita si la salud del otro te produce envidia, porque estás convirtiendo su bendición en tu veneno.”
Aplicación práctica: el examen diario de las dos alas
Al atardecer, antes de la pausa de recalibración, el buscador puede hacerse estas preguntas:
Sobre Ahimsa (la raíz):
¿He dañado hoy a alguien con mi mano, mi palabra o mi pensamiento?
¿He honrado mi cuerpo como templo? ¿Lo he nutrido bien, lo he ejercitado, lo he descansado?
¿He agradecido y pedido perdón por los vegetales que sostuvieron mi vida hoy?
¿He respetado los elementos de la creación (agua, aire, tierra) o los he desperdiciado?
Sobre Mudita (la flor):
¿Me he alegrado genuinamente por el éxito o la dicha de alguien hoy?
¿He sentido el “pinchazo” de la envidia y lo he transformado en celebración?
¿He deseado, aunque sea en silencio, que alguien tenga más, brille más o reciba más?
¿He saboreado la alegría ajena como si fuera propia?
Nota final para el buscador de santidad
“Imagina que eres un jardín. Ahimsa es la cerca que protege el jardín: impide que entren animales a dañar las plantas, que pisoteen la tierra, que ensucien el agua. Sin esa cerca, el jardín sería devastado. Pero la cerca, por sí sola, no hace crecer las flores. Mudita es el sol que brilla sobre el jardín: calienta la tierra, acaricia las hojas, hace que los colores estallen. Un jardín con cerca pero sin sol es un lugar triste y muerto. Un jardín con sol pero sin cerca es pronto un lugar pisoteado y perdido.
Construye tu cerca con ahimsa. Deja que el sol de mudita inunde cada rincón. Y entonces, santidad, habitará en ti.”
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